Y entre todas las cosas malas que
he hecho la mejor, fue haberme robado un perro.
Lo llame Lucas por un asunto de
humor negro religioso, y porque mi gato se llama Mateo. Ciertamente ponerle
nombre de un apóstol a un perro robado, no fue lo mejor.
Ah? ¿Qué cómo es eso que me lo
robé?
Gente que roba tiendas, gente que
roba bancos, gente que roba a viejos… y yo. La que le roba perros a viejos.
Digamos que más que un robo fue un ajuste de cuentas por todo lo que él me ha
quitado en estos meses, un arreglo por su condición de “Turista Emocional” en
mi vida, un acuerdo por la dignidad robada y la infidelidad circunstancial a la
que he sido sometida. Robarle un perro es lo menos malo que podrÃa haberle
hecho a una persona que me ha estado mintiendo, que me sigue tratando como
veinteañera pendeja, y que a demás de todo ha sido existencialmente egoÃsta…
Y si aun después de toda esa
justificación son capaces de juzgarme, entonces digamos que soy una persona de “Moral
DistraÃda” que por una vez en la vida se robo algo. (Tomar una carpeta de papel
abandonada en un salón para entregar un trabajo, no cuenta tampoco como robo).
