Un continente que te separe de aquello que se desparrama por el subsuelo, torrentes de cortisol que bordean el abismo de una tristeza desmedida, de una nostalgia que calcina.
Es que cuando se llora una pérdida, se lloran las tres anteriores y las muertes posteriores.
Duelo tras duelo se pega una decepción con otra, y podríamos culpar a este eterno Mercurio retrogrado, o al cierre de ciclos de Acuario; pero la única verdad es que Dios ya no habita con nosotros.
Lo he decepcionado. Y él a mi tantísimas veces.
Estar sola, sin siquiera el nombre simbólico, es la certeza de la absoluta perdida de la esperanza, ¿ y qué somos cuando nos convertimos en individuos sin fe? Somos el despojo del sentimiento más humilde, un pedacito de tristeza y desamparo, vulnerables ante la espera de la muerte.
Y así, víctima de la ignominia de un espíritu yermo, cualquiera usurpa el nombre de mesías. La desesperación nos hace blasfemar contra Mateo 1:23, ¿Isaías también me mintió?
Entonces, cuando me postre ante falsos profetas y llore por sus impúdicas mentiras, viviremos una vez más la decepción de la perdida sabiendo que ni un continente entero podrá borrar este duelo de Dios sin nosostros.