Ojala pudiéramos capturar
cosas efĂmeras como lugares, olores o ganas, y usarlas en los momentos difĂciles
que te hacen dudar sobre estar vivo.
Nunca me sentĂ tan viva,
como cuando morĂa.
Ese momento fugaz cuando
sientes que el mundo se detiene y las pupilas se dilatan, los mĂşsculos se
contraen con el universo que gira, corre y se expande. Todo al mismo tiempo.
Las partes blandas se enrojecen,
las manos se congelan, un golpe seco y contundente cierra la boca del estĂłmago.
Yo volvĂ de la muerte.
Desde hace semanas estaba
coqueteando con la idea, abrir las puertas que llevan a lo más recóndito de
nuestro cerebro reptil, ahĂ donde se alojan los mejores y peores sentimientos,
el breve instante en el que hace chispa la mirada. Revolcarme en el gozo del
sufrimiento.
Entre palma y palma lo
tanteo, recorro el abdomen perfecto del infierno mientras me congelo… o me
quemo? La saliva borbotea. Head
& Shoulders y perfume de hombre. Llegué con Cancerbero.
Se pierde la verticalidad,
lo plano de la tierra ya no tiene sentido, el cielo en los bolsillos. Me ahogo
entre dopamina, serotonina y oxitocina.
En
tres minutos de muerte sĂşbita, 30 mĂşsculos faciales se activan a la velocidad
de la luz, 9 miligramos de agua borbotean mezclándose con 0,18 de sustancias orgánicas, 0,7 de materias
grasas, 0,45 de sales minerales, y millones de gérmenes, que se queman en un
infierno personal. 21 gramos se me escapan. Se van en ese Ăşnico respiro.
La tragedia de la muerte
anunciada que colapsa los sentidos. El Ăłxido nĂtrico que delata.
Literalmente
me mato un tipo de anfetamina.