El «todo» es relativo cuando de significados se habla; no existe la totalidad del «siempre». La naturaleza es el mejor escenario para entender esto porque en los ejemplos más simples se halla la esencia de la poesía misma, la vida y los ciclos.
Es la higanbana tan polifacética… ¿Quién diría que una flor tan sencilla y silvestre pudiera tener más de siete nombres y once representaciones simbólicas? Lycoris radiata es su nombre científico y tal vez el más aburrido, pero, a fines investigativos y para ubicarla geográficamente en donde interesa, evitaremos decirle «flor del infierno», «araña roja» o «garra de dragón».
Ahí en donde las flores y las hojas nunca se encuentran, histerante planta de la tristeza, ningún amante la ofrece en tributo por culpa de Manju y Saka, quienes fueron encargados de cuidar la flor y las hojas (sí, por separado); sin embargo, a pesar de tener prohibido encontrarse, infringieron la ley. Surgió entonces un fuerte amor mutuo que enfureció a la diosa Amaterasu. Despiadada, los maldijo y los separó. Los dos amantes jamás podrían volver a verse. Y así, en la condena de la separación, las flores se marchitan cuando crecen las hojas y viceversa.
¿Es acaso esta la verdadera totalidad? La eterna separación, el concilio entre la idea de saber que no tendremos futuro, pero sí un pasado, y ese es el verdadero «para siempre».
Es que una flor no siempre es solo una flor.
A veces es la representación de la pérdida irreversible de un vínculo, la añoranza eterna, el adorno en el camino hacia el inframundo, la guía de almas en pena o el peligro latente que nos acecha.
Pero Lycoris, planta noble del río Yangtsé, también es «Manjusaka»: es la independencia de quien florece en soledad sin el soporte de las hojas. Incluso puede que el camino hacia el inframundo traiga consigo la expectativa de la reencarnación y del encuentro en otras vidas.
Lycoris es la polisemia de la existencia relativa.
Feliz aniversario. Ya son 17 años de Verdades Compartidas, relativamente.