Mientras espero el inevitable castigo por mi desidia, medito sobre este largo camino de redención que me ha traÃdo hasta aquÃ.
Sentada en este corto pasillo sin sombras de luces blancas que brillan, escucho el cercano revolotear de recepcionistas y asistentes vestidas de azul primario. Y justo ahÃ, desde mi asiento de cada jueves, le veo abrir la puerta de su propio templo.
Él jamás sonrÃe, pero tiene dientes perfectos; él también viste de azul, pero de azul cobalto profundo, un hermoso contraste con su piel palida y sus pestañas largas; es jóven y de ojos almendra. Manos firmes, dedos largo... Es la elegancia médica lo que me cautiva, el andar seguro de quién sostiene con pinzas lo que la vida te tumba.
Él comienza a desarmarme al compás de mi corazón aterrado, desde su asiento de manera tan Ãntima y distante invade las partes más inhóspitas de mi boca y de mi alma, revisa la porquerÃa que me aflige mirando muy de cerca mis errores, y entonces, acompaso mi respiración a sus parpadeos.
Siento algo leve, misericordioso y tibio que se derrama en mi alma, reconozco el sentimiento como un recuerdo lejano y apasiguado. Que agradable se siente lo genuino.
Muy despacio saboreo el momento, que delicia el borboteo que causa la efervescente levedad de existir en el mismo espacio que él.
Me tortura con el sonido del infierno de sus instrumentos, la otra mano me abre la boca, es un juego de poder en donde sus dedos mandan y yo obedezco.
No tener que pensar, no poder decir nada, él es quien habla, él es quien dirige, yo solo asiento y doy la señal de costumbre cuando se excede... Literatura mala de confort sadomasoquista que me alinea los sentidos y los dientes.
O ya veremos.